Viviendo para lo que realmente somos, siendo para lo que realmente vivimos
Por Beatriz Verdejo
Un día como cualquier otro al despertar comprobé que no me acordaba de mis sueños. Tomé una taza de café entre mis manos y busqué hallar esa sensación de bienestar, que sólo te puede proporcionar la conjunción entre el calor que va ascendiendo desde tus manos al resto del cuerpo y ese aroma inconfundible de cuando está recién hecho. Me senté, planificando la jornada y una tarea tras otra me iban confirmando lo lejos que me hallaba de mi misma. Me sentí un robot más sobre este mundo, un autómata programado para hacer exactamente lo que nos permite ir sobreviviendo. Me daría una ducha, compraría, iría de nuevo al INEM, comería, vería a algún amigo o iría a visitar a la familia, llegaría la hora de cenar y vería alguna peli. Vamos que tenía por delante otro día más.
No obstante, esta rutina en otro momento me parecería de lo más agradable, pero esa mañana no fue así. Me dispuse a salir a la calle con la intención de que mis sentidos se despertasen y encontrar entre la multitud esa chispa que hiciera despertar toda mi creatividad y voluntad. ¡Perfecto! me dije. Y perfecto resultó. Caminé sin rumbo fijo, me metí en alguna que otra tienda de esas que ya nadie visita devastadas por los grandes almacenes y me di cuenta que el único obstáculo real, estaba instalado en mi cabeza. Comprobé que hasta en estas tiendecitas también llegaba esta revista y hablé con las dependientas sobre ella y de que les parecía, me dijeron.
Es buenísimo que haya gente dispuesta a compartir sus opiniones con el resto del mundo, siempre es algo positivo para todos en general. Entendí que si algo nos hace sentir llenos hemos de darnos y entregarnos a ello por completo, hemos de luchar contra esa monotonía y esa desidia que tanta pereza nos provoca. Hemos de enfrentar nuestra verdad cara a cara. Viviendo para lo que realmente somos, siendo para lo que realmente vivimos.











